La psicóloga Alice Miller (conocida por su trabajo en maltrato infantil) publicó, en 1979, “El drama del niño dotado”.
Un libro referente sobre cómo el narcisismo de los padres asesina la vida emocional de sus hijos.
En este libro, Miller habla de cómo hay niños que aprenden, desde muy pequeños, a leer las necesidades emocionales de sus padres antes que las suyas propias.
Niños brillantes, sensibles, “dotados”, que descubren pronto que, si quiero que me quieran, tengo que ser lo que necesitan que sea.
Una personalidad construida para sobrevivir emocionalmente, no para ser vivida.
Personas exitosas, admiradas, funcionales por fuera en la edad adulta, pero vacías y perdidas internamente.
Ironías de la vida.
En 2013, tres años después de morir Alice Miller, su hijo Martin publica un libro con el siguiente título: El verdadero drama del niño dotado.
En él cuenta que su madre (la mujer que el planeta entero veneraba como la mayor defensora de la infancia herida) lo educó con un control asfixiante, frialdad emocional y la prohibición tácita de mostrar cualquier fragilidad.
Parece ser que de niño aprendió a anticipar los estados de ánimo de su madre, a leerla, a ajustarse a lo que ella necesitaba en cada momento para no provocar su ira o su desprecio.
Vivió, casi punto por punto, el patrón que su propia madre había descrito con tanta lucidez en sus libros.
El término "narcisismo" lo acuña, por primera vez, el psiquiatra alemán Paul Näcke (1899), tomando prestado el mito de Narciso para describir a quien convierte su propio cuerpo en objeto de deseo
Pero fue el Sr. Freud (1914) con Introducción al narcisismo, quien convierte esta palabra suelta en una teoría psicológica.
Según él, gran parte del amor de una madre/padre hacia su hijo/a es, en realidad, la resurrección de su propio narcisismo infantil.
El hijo como proyecto de reparación.
El hijo llamado a cumplir lo que el padre no pudo.
El hijo como un rey coronado no por lo que es, sino por lo que se espera que llegue a ser.
El hijo sobreprotegido de los peligros del mundo que ellos sí vivieron.
Heinz Kohut (1971) empieza a hablar de la herida narcisista desde su teoría del self: esa fractura que se produce cuando un niño no recibe el reflejo emocional que necesita y que le obliga a construir un yo grandioso y frágil a la vez, dependiente todo el tiempo de la validación externa.
Por desgracia, hoy llamamos “narcisista” a cualquier comportamiento o persona.
Al que no contesta rápido al WhatsApp.
Al ex que no gestionó bien la ruptura.
Al jefe exigente.
A la madre que se olvidó de preguntarte qué tal el examen.
Lo hemos convertido en el insulto comodín de la década, el diagnóstico de sofá que le ponemos a cualquier persona que nos ha hecho sentir mal en algún momento.
Y esto tiene un coste, porque diluye lo que el término significa de verdad.
El narcisismo patológico implica un patrón sostenido de falta de empatía real, una necesidad constante de admiración para sostener una autoimagen que por dentro es frágil, y una tendencia a usar a las personas cercanas como instrumentos para esa validación (sin importarles las consecuencias dañinas que provocan en los demás).
Estamos hablando de una madre/padre que solo se interesa por ti cuando le sirves de escaparate.
De alguien que, ante tu dolor, responde con indiferencia o con la conversación redirigida hacia sí mismo.
De una madre que necesita que fracases un poco para sentirse superior, o que necesita que triunfes de una forma muy concreta porque tu éxito es, en realidad, el suyo.
Que tu padre tuviera un mal día y te gritara no lo convierte en narcisista.
Que tu pareja se olvidara de tu cumpleaños, tampoco.
Eso, la mayoría de las veces, tiene un nombre bastante menos interesante: comportamiento de mierda puntual, egoísmo, inmadurez, mal carácter…
Cosas reales, que duelen, que merecen ser señaladas y gestionadas.
Y meterlo todo en el mismo saco nos hace un flaco favor, porque convierte cualquier roce en un trauma y cualquier persona imperfecta en un villano clínico.
Y hay algo más grave todavía escondido en esta moda diagnóstica.
Nos hemos obsesionado con el porqué.
Con encontrar el origen exacto de cada herida, con etiquetar a cada figura de nuestra infancia, con reconstruir hasta el último detalle de qué estuvo mal en aquella casa.
Mientras tanto, seguimos esperando algo que probablemente nunca va a llegar: que esa persona reconozca lo que hizo, se disculpe, cambie… (algo que en la mayoría de las ocasiones nunca llega).
Y en ese ejercicio (muchas veces sin darnos cuenta) nos instalamos en el papel de víctima.
Un papel que, paradójicamente, sigue alimentando exactamente lo mismo que denunciamos: la búsqueda constante de atención y reconocimiento.
Solo que ahora, en lugar de perseguirla a través de logros o de complacer a nuestros padres, la perseguimos contando una y otra vez lo mal que nos lo hicieron pasar.
El porqué no te devuelve nada (una interpretación de recuerdos sobre lo que pasó y no sobre lo que pasó realmente).
Comprender el pasado no te da automáticamente el poder de cambiar el presente. Puedes tener el diagnóstico perfecto de tu infancia y seguir exactamente igual de atascado.
Lo único que sí está en tu mano, como adulto, es dejar de esperar esa reparación desde fuera y empezar a dártela tú, con acciones concretas.
Eso no es olvidar ni minimizar lo que viviste. Es dejar de vivir instalado en ello.
Nadie te va a devolver la infancia que no tuviste.
Y seguir buscando quién tiene la culpa es, muchas veces, la forma más sofisticada de seguir atrapado.
Si mientras leías esto se te ha removido algo, no hace falta que le des más vueltas tú solo. Darte lo que no recibiste de niña no se resuelve solo con fuerza de voluntad y un cuaderno. A veces, hace falta alguien que te ayude a ver con precisión qué estás repitiendo y qué hacer distinto.
Solo acompaño unos pocos procesos a la vez, así que si esto te ha tocado, contesta a este email contándome tu caso. Lo leo yo, personalmente, y te digo si puedo ayudarte y cómo.
Consejo WakeUp
Escribe 3 cosas concretas que necesitabas escuchar de niño y nunca llegaron. Nada de “que me quisieran más”. Algo así:
“Que me dijeran que estaba bien equivocarme”
“Que me preguntaran qué quería yo, no qué esperaban de mí”
“Que me dejaran mostrar que algo me dolía sin castigarlo con silencio o burla”
Esta semana, dátelas tú. No en el espejo. En acción:
¿Necesitabas permiso para equivocarte? → Haz algo a propósito sin que te salga perfecto. No lo corrijas. No pidas perdón.
¿Necesitabas que te preguntaran qué querías tú? → Toma una decisión pequeña pensando solo en ti. Sin consultarlo. Sin justificarlo.
¿Necesitabas espacio para mostrar tu dolor? → Dilo en voz alta a alguien, en el momento, aunque sea una tontería. No tres días después, ya digerido.
Recomendación
Esta semana, precisamente, he publicado en el canal de YouTube “Menos de lo Mismo” (suscríbete si aún no lo estás) un vídeo sobre cómo lidiar con una madre/padre narcisista. Aprenderás:
Lo primero que tienes que hacer con la famosa (y peligrosa) ETIQUETA de “narcisista”.
Las 3 dinámicas familiares disfuncionales más comunes y por qué reconocer cuál es la tuya cambia completamente qué estrategia funciona.
Las 3 estrategias erróneas que casi todos los hijos adultos prueban primero para defenderse y que en realidad alimentan el problema.
Las 4 técnicas paradójicas para desarmar los diferentes tipos de manipulación emocional.
El rincón del pensamiento crítico
El cambio de perspectiva siempre nos ayuda para salir de nuestra mente limitada. Este vídeo es un ejemplo magistral.
La frase
“No tiene sentido seguir deseando algo si no estás dispuesto a hacer lo que es necesario para lograrlo. Si no quieres vivir el estilo de vida que ese objetivo exige, entonces libérate de ese deseo. Querer el resultado, pero no el proceso, es garantizar la propia decepción”
James Clear




