Cómo escapar del peligroso juego de la ambigüedad en las relaciones
Lo que más me ha costado a lo largo de mi vida (aún me cuesta) es entender un comportamiento muy común en algunas personas a las que quieres o aprecias.
Estas que te dicen una cosa y luego hacen otra totalmente diferente, dejándote con cara de póker y con la sensación de que algo se te ha escapado.
“¡Qué ganas tengo de verte!”, pero nunca tienen tiempo.
“Haz lo que quieras”, pero si lo haces, se enfadan.
“Te quiero”, pero su tono, su mirada o su comportamiento transmiten rechazo o indiferencia.
“Claro que quiero que seas sincera”, pero cuando lo eres, te dejan de hablar.
Hagas lo que hagas, te equivocas.
Si tu seguridad y amor propio están cogidos con alfileres, lo primero que pasa es que, en vez de mandarlas a la mierda, buscamos desesperadamente las razones de su comportamiento.
Como si encontrar una razón eliminara de golpe el dolor, la manipulación y el malestar que causan.
Como si esa razón nos diera los argumentos necesarios para justificar la relación y seguir aguantando sus mierdas mentales.
Y peor aún, buscando los motivos de su ambigüedad tóxica en nosotros, generando sentimientos de culpa, duda e inseguridad: ¿Habré sido borde? ¿se lo habré dicho con claridad? ¿seré yo la que no sé decir bien las cosas? ¿le habré lastimado por algo?…
Y además no puedes señalar la contradicción.
Si dices: “Pero antes dijiste otra cosa”, la respuesta suele ser: “Estás exagerando”, “te lo estás tomando fatal”, “siempre interpretas todo mal”…
Entonces tampoco puedes hablar del problema.
La trampa se cierra porque el que se comunica así deja atrapado al otro en una tela de araña de la que no sabe cómo salir.
El biólogo, antropólogo e investigador británico Gregory Bateson lo llamó el doble vínculo.
Según él, muchas personas viven atrapadas en dilemas comunicativos sin salida.
Se reciben dos mensajes contradictorios al mismo tiempo, normalmente en dos niveles diferentes.
Uno es el mensaje explícito, lo que se dice.
El otro es el mensaje relacional, lo que se transmite con el tono, el cuerpo y el contexto.
Hay dos informaciones incompatibles: las palabras dicen amor y el cuerpo dice rechazo.
¿A cuál obedecer?
Este tipo de comunicación aparece mucho en entornos familiares.
Y cuando ocurre de forma repetida, puede generar algo muy profundo: confusión sobre la propia percepción de la realidad.
Personas que han crecido en este tipo de dinámicas suelen reconocer muy bien esta sensación:
“¿Estoy exagerando?”
“¿Me lo estoy inventando?”
“¿Por qué siempre siento que he hecho algo mal aunque nadie me lo diga claramente?”
El problema del doble vínculo es que no te deja una norma clara de comportamiento.
Al niño le dicen que debe ser independiente, pero cuando lo es, se enfadan porque “ya no necesita a su familia”.
A la niña le dicen que puede expresar sus emociones, pero cuando llora, la llaman exagerada.
Al adolescente le dicen que lo echan de menos, pero cuando aparece es criticado o ignorado.
Si hablas, mal.
Si callas, mal.
En definitiva, los patrones de comunicación influyen profundamente en la salud mental.
De hecho, muchas personas que han vivido este tipo de comunicación repetida se vuelven especialmente sensibles a este tipo de dinámicas más adelante.
Les cuesta detectar cuándo alguien está siendo ambiguo.
Les cuesta poner límites.
Y muchas veces terminan en relaciones, trabajos o contextos donde vuelven a sentirse atrapadas.
Porque el doble vínculo genera una sensación muy específica: no saber cómo comportarte para acertar.
El filósofo Kierkegaard hablaba de la angustia como “el vértigo de la libertad”.
El doble vínculo genera algo parecido, pero más perverso: el vértigo de la imposibilidad.
No hay forma correcta de actuar.
Si confrontas la contradicción, la otra persona puede responder con indignación:
“¿Cómo puedes dudar de mí?”
“¿Cómo me puedes decir eso después de todo lo que hago por ti?”
Si no confrontas, te quedas con una mezcla rara de culpa, confusión y tensión que no sabes muy bien de dónde viene.
Por eso, Bateson decía que los problemas humanos son, muchas veces, problemas de comunicación.
Entender el doble vínculo tiene algo liberador.
Porque cuando empiezas a detectarlo en la vida cotidiana (en una conversación, en una relación, en el trabajo) te das cuenta de algo importante: no siempre estás ante un problema que resolver.
A veces estás ante una trampa comunicativa.
Y cuando ves la trampa, ya no juegas igual.
Recomendación
Es imprescindible escuchar para educar. Esta es una de las grandes perlas que lanza José Antonio Fernández Bravo, doctor en Ciencias de la Educación, investigador y escritor.
Tras tres décadas enseñando, en esta conferencia comparte anécdotas, reflexiones y aprendizajes divertidos (algunos descojonantes) que ha ido recogiendo a lo largo de su larga trayectoria.
Su idea central es enseñar desde el cerebro del que aprende, no desde el del que enseña.
Consejo Wake Up
La neuroanatomista Jill Bolte Taylor demostró que una emoción química en el cuerpo (miedo, rabia, ansiedad…) dura aproximadamente 90 segundos. Después de ese tiempo, lo que mantiene viva la emoción ya no es el hecho en sí, sino el pensamiento que vuelve a activarla.
No te mantiene ansioso lo que pasó, sino lo que te dices sobre lo que pasó.
La próxima vez que sientas una emoción intensa, no hagas nada durante 90 segundos.
No analices, no te cuentes historias, no alimentes el pensamiento.
Solo observa cómo se siente en el cuerpo y deja que pase. Es más, puedes saltar, andar, estirarte… sacude el cuerpo. El movimiento corporal le dice a tu cerebro que la amenaza terminó.
La emoción se disuelve sola cuando el pensamiento deja de echarle gasolina.
El rincón del pensamiento crítico
Cada vez que escucho al filósofo esloveno Slavoj Žižek, además de sacarme unas risas, me rompe la cabeza. En este vídeo ataca la obsesión contemporánea e insana por descubrir quién eres realmente.
La frase
“Las personas te dan lo que son, no lo que mereces. Lo que mereces te lo das tú cuando decides aceptar o no lo que las otras personas te dan”
Anthony Hopkins
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Menuda edición, para leer con libreta!! 👏👏👏